miércoles, 2 de marzo de 2011

Pequeña extraña historia de amor

Tal vez no todo es como queremos...
Tal vez no todo salga bien...
Tal vez nada es para siempre,
y todo lo que buscamos es una felicidad efímera que en realidad no podemos encontrar.

El sol parece no querer salir de entre las nubes oscuras que cubren el cielo...
Una ligera llovizna moja las calles de la ciudad y otro día empieza como si nada quisiera detenerlo...

Una vez más miro por mi ventana, veo que las cosas no cambiaron mucho de como estaban ayer,
los árboles siguen ahí, también la gente y esos pibes intercambiando "algo" en las esquinas oscuras de un callejón sin salida...

Ese colectivo que pasa todos los días a las 7:30 está de nuevo en la esquina. La gente se agolpa en la parada para no llegar tarde a ese rutinario trabajo que tanto odian. Algún pobre hombre, a medio arreglar corre para no perder el colectivo, que se va sin que él pueda hacer nada para evitar que se valla. Resignado, algo mojado por la llovizna y con un poco de transpiración humedeciendo su rostro acalorado, busca en su bolsillo su celular, llama un taxi y se sienta a esperar...

Son las diez de la mañana y la nueva secretaria no sabe que hacer para que el tiempo pase más rápido. Ya leyó todas y cada una de las revistas que encontró en el hall de entrada. Ya se miró al espejo, retocó su maquillaje y se volvió a mirar. La aguja de su reloj parece no avanzar y todo está en silencio. Tal vez hubiera sido una buena idea traer los cd's que estaban en la mesita de luz. Pero ya es tarde. Es solo cuestión de tiempo para que la hora pase y pueda volver a casa. Solo hay que esperar...

"La espero diez minutos más y me voy", pensaba él, mientras esperaba a que su chica apareciera por alguna de las calles que se cruzaban en esa esquina. Ya hacía una hora que la esperaba, había salido del trabajo y pasado por su departamento antes de ir al lugar del encuentro. Miró su reloj una vez más. Solo habían pasado unos minutos, pero para él parecían años. Sacó del bolsillo de su campera un pequeño estuche. Le había comprado un anillo antes de ir a trabajar, mientras esperaba un taxi porque había perdido "ese colectivo de porquería". Esperaba dárselo esa tarde, pero pareciera que el tiempo no pasa y ella estuviera atrasada. "Al fin y al cabo, no tengo otra cosa para hacer más que esperarla...". Una vez más miró su reloj...

"Por fin!", dijo ella cuando vio el reloj que marcaba las seis de la tarde, la hora de salida. "Ahora me tengo que apurar. Paso por casa, me ducho y salgo para la plaza". No quería perder su cita por nada. Era la primera vez que se veía con alguien desde que "ése idiota" la había dejado por otra. Llegó a su casa, se duchó como había planeado y salió para el lugar donde se iban a encontrar.

Ahí estaba él, sentado en un banco de la plaza, ese lugar tan especial para ellos. "Todavía no me vio".

Él estaba mirando nuevamente su reloj. Parecía que había pasado una eternidad, pero solo había pasado media hora. Una vez más saco el estuche de su bolsillo, lo miró, pero volvió a guardarlo sin abrirlo.

Entonces se vieron. Ella se acerco velozmente y se sentó a su lado. Fue en ese momento cuando pasó. Sólo se miraron, quien sabe por cuanto tiempo. La llovizna se hizo lluvia. La lluvia se hizo tormenta. Pero ya nada importaba. Sólo estaban ahí, mirándose a los ojos sin decir nada. Y eso era lo único que importaba.

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